Mostrando entradas con la etiqueta Beatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Beatos. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de diciembre de 2009

Conmemoración beatificación Padre Ascanio



  Aqui os dejo un artículo publicado en el periodico "La Vanguardia", sobre la conmemoración de la beatificación de Fray Nicanor Ascanio.


La Vanguardia martes 29-03-1927

Conmemorando la beatificación del Padre Ascanio.


Ayer se celebraron en Villarejo de Salvanés las fiestas conmemorativas de la beatificación de fray Nicanor Ascanio, uno de los franciscanos, martirizados en Damasco el año 1860. Asistieron a los actos el infante Don Tornando, en representación del Rey; el ministro de Gracia y Justicia; el obispo de Madrid y Alcalá; el gobernador civil, el presidente de la Diputación, el comandante general de los somatenes de la primera región, varios diputados provinciales y representaciones de las tres órdenes de los Franciscanos y Capuchinos.


El obispo ofició de pontifical en la iglesia de San Andrés y luego pronunció el panegírico de fray Nicanor.


A continuación se descubrió una lápida en la casa donde nació el franciscano martirizado. Hablaron el alcalde de Villarejo, el Presidente de la Diputación de Madrid y el gobernador civil. Finalmente el ministro de Gracia y Justicia, en nombre del Gobierno, expresó su adhesión al homenaje.


A las cuatro de la tarde una procesión recorrió las calles principales del pueblo, y así terminaron las fiestas.



 Fiestas conmemorativas de la beatificación del Padre Ascanio


Arriba: Procesión que en la tarde del domingo recorrió las calles principales de Villarejo de Salvanés (Madrid), con motivo de la beatificación de Fray Nicanor Ascanio.
Abajo: Casa en que nació Fray Nicanor Ascanio, en la que el domingo último se descubrió una lápida, con asistencia del Infante D. Fernando, el ministro de Gracia y Justicia, el obispo de Madrid-Alcalá, el gobernador civil y otras autoridades. Fray Nicanor Ascanio fué beatificado en Roma el 30 de Octubre de 1926. (Fots. Díaz Casariego)




domingo, 22 de noviembre de 2009

Beato Nicanor Ascanio




Nicanor Ascanio nació en Villarejo de Salvanés, provincia de Madrid, en 1814. A los 16 años tomó el hábito de los Hermanos Menores, continuó sus estudios y se ordenó sacerdote. Fue director de las Hermanas Concepcionistas y párroco en su tierra natal.

En los años juveniles había soñado en la vida apostólica, el sacrificio y el martirio, pero durante 26 años esos deseos se habían quedado en meros sueños. El Beato Nicanor, obediente a la voz del cielo, muchas veces oída en sus largas horas de oración, parte lleno de gozo para Tierra Santa, tierra que sería para él teatro de dinámico apostolado, de luchas, de sacrificios y de martirio.

Llegado a Jerusalén, oró intensamente junto al Santo Sepulcro, el Calvario y Getsemaní, en la gruta de Belén y en todos los demás santuarios. Fue enviado a Damasco para aprender la lengua árabe bajo la dirección del Beato Carmelo Volta, cuando se avecinaba la persecución religiosa.

El 9/10 de julio de 1860, llegaron a su apogeo las matanzas de cristianos que los drusos y los turcos llevaban a cabo en toda Siria. Damasco sobre todo fue testigo de una horrorosa carnicería, en la que por el hierro y por el fuego perdieron la vida muchos cientos de cristianos, víctimas del furor anticristiano de turbas fanatizadas.

Había a la sazón ocho religiosos franciscanos en el convento de Damasco, uno era natural del Tirol y los otros siete españoles, a saber: el padre Manuel Ruiz, superior de la casa, nacido en San Martín de Ollas (Santander) el año 1804, que tomó el hábito franciscano en la Provincia de la Inmaculada Concepción; el padre Carmelo Volta, párroco de los católicos de Damasco, natural de Real de Gandía (Valencia), nacido en 1803, provincia de Valencia, activo y profundamente instruido; el padre Engelberto Kolland, nacido en Ramsau el año 1827, de la Provincia de San Leopoldo (Austria), alegre, conocedor de seis idiomas, y teniente cura del padre Carmelo; el padre Nicanor Ascanio de Villarejo, provincia de Madrid, religioso exclaustrado que se ordenó como sacerdote del clero secular, a quien siendo vicario de las Concepcionistas de Aranjuez, la venerable sor Patrocinio predijo su martirio y hasta mandó esculpir su imagen, y que se incorporó al Colegio de Priego cuando éste se fundó; el padre Nicolás M. Alberca y Torres, de Aguilar de la Frontera (Córdoba), nacido en 1830, varón inocentísimo y ejemplar religioso; el padre Pedro Nolasco Soler, natural de Lorca (Murcia), nacido en 1827; fray Francisco Pinazo Peñalver, nacido en Alpuente (Valencia) el año 1812  y fray Juan S. Fernández, nacido en Carballeda (Orense) el año 1808; esta dos últimos, exclaustrados, que se incorporaron a la Custodia de Tierra Santa. Todos los ocho se hallaban en el convento de Damasco aquel día nefasto en que, a pesar de las buenas palabras del gobernador, arreciaban las matanzas.

Como los religiosos Paúles y las Hermanas de la Caridad, fueron los franciscanos invitados a refugiarse en el palacio de Ab-el-Kader, mas los frailes, que ningún mal habían hecho a nadie y veían a muchos cristianos temerosos refugiados en el convento franciscano, no quisieron abandonarlo. Cuando oyeron arreciar los golpes en las puertas que amenazaban con echarlas a tierra, se reunieron en la iglesia haciendo fervorosa oración para que Jesús no los abandonara en tan grave trance, y luego buscaron refugio. El padre Manuel, superior de la comunidad, para evitar toda profanación, sumió el Santísimo Sacramento que había de ser su Viático, ¡y ya era tiempo!, porque los turcos invadían el sagrado recinto. «¡Hazte musulmán o mueres!», le dijo un soldado; y él respondió con fortaleza: «Mil veces antes la muerte». Colocó su cabeza sobre el altar y se consumó el primer sacrificio. A cada religioso que sorprendían en la celda, en las terrazas, en los claustros, repicaban las campanas, y así uno tras otro fueron martirizados a golpes o a tiros, de cien diversos modos, cebándose su rabia y furor en la mansedumbre de los ocho franciscanos, admirables en sus respuestas, dignas de los primeros cristianos.

Sus cadáveres mutilados fueron arrojados en lugares inmundos, siendo algún tiempo después sacados de allí y colocados honoríficamente. Estos ocho invictos confesores de Cristo, junto con tres católicos maronitas, hermanos de sangre: Francisco, Abdel Moti y Rafael Masabki, fueron beatificados solemnemente por Su Santidad Pío XI el 10 de octubre de 1926.


Nicanor en el momento del martirio tenía 46 años.

jueves, 30 de julio de 2009

BEATO JOSÉ DE SAN JACINTO



Aqui os dejo un excelente artículo públicado en la revista encomienda sobre nuestro paisano.

PAISANOS QUE DEJAN HUELLA

La Iglesia celebra el día 10 de septiembre la festividad del Beato José de San Jacinto, natural de Villarejo de Salvanés. Para un conocimiento mejor de su vida y obra hemos entresacado las siguientes líneas sobre su martirio, del libro «CARTAS Y RELACIONES DEL BEATO JOSÉ DE SAN JACINTO SALVANÉS», O. P. MISIONERO Y MÁRTIR DEL JAPÓN.

El Beato José de San Jacinto «Salvanés» nació en Villarejo de Salvanés, fue bautizado en la iglesia parroquial de Villarejo, distinta de la iglesia que erigió Don Luis Requesens y que se yergue por encima de las casas del pueblo, con el nombre de José el día 12 de marzo de l580. Su padre se llamaba Pedro El Negro, a veces abreviado por «Negro». Su madre se llamaba Isabel Maroto.

IV. MARTIRIO

1. CAMINO DE NAGASAKI

Con las últimas palabras del P. Salvanés de una carta anterior: «Estándonos para embarcar para Nagasaqui, 9 de Setiembre de 1622» se da ya por terminada su estancia en la cárcel de Suzuta (Omura), en donde había estado desde 19 de agosto de 1621. Anuncia también una parte de su vida, que ya sabía iba a ser breve y definitiva por tratarse del martirio. Efectivamente, no mucho después de terminar de escribir la carta al P. Rueda, bajaron a los veinticinco de la lista y los embarcaron llevándolos a través de toda la bahía de Omura hasta el desembarcadero de Nagayo, ya a unos 15 kilómetros de Nagasaki. En Nagayo les hicieron montar en caballos que sustrajeron a los cristianos de esa población, principalmente, en contra de su voluntad. Así siguieron su camino hasta Urakami, ya en los arrabales de Nagasaki, donde llegaron a media tarde. No siguieron más porque iban a llegar pronto a la ciudad de Nagasaki y los perseguidores no querían alborotar prematuramente a esa ciudad.

Así que los albergaron en un cercado al aire libre, y allí los tuvieron toda la noche.

2. ÚLTIMOS SERMONES DEL P. SALVANÉS.

Al día siguiente, muy temprano, les hicieron montar a caballo con los brazos atados, y los enfilaron hacia

Nagasaki. Ellos se las arreglaron para que el Hermano franciscano Fr. Vicente de San José pudiese portar delante de todos un banderín o estandarte de damasco colorado con los nombres de Jesús y de María bordados en oro, y así pareciese todo aquello una procesión religiosa.

Escribe el P. Collado, Vicario Provincial dominico y testigo ocular de los hechos: «Era cosa maravillosa ver su grande alegría, y la serenidad de sus rostros, y el sosiego y paz de sus coracones que se mostrava en su exterior, que parecía que no se les dava cuidado ninguno su muerte... a ratos cantavan el Te Deum laudamus, y Las Letanías, y algunos Psalmos, con tanta suavidad, orden y devoción que más parecía coro de Angeles, que gente que venía a morir».

Según se iban acercando, como el lugar del martirio (la actual colina Nishizaka, bajo el monte Tateyama) estaba a la entrada de Nagasaki, los presos veían llenos de gente todos los cerros y lugares próximos y la entrada del mar que estaba delante y debajo de la colina Nishizaka (toda la gran extensión de la actual región que hay ante la estación del ferrocarril) cuajada de barcos, repletos de personas, para mejor poder presenciar la llegada de los prisioneros y su martirio.

Así prosigue describiéndolo el P. Collado: «Quando llegaron ya cerca del corral (cerco en la explanada de la colina Nishizaka para el martirio) fue tanto tropel de gente que a porfía procuró llegarse a tomar la bendición de los Padres, y a besarles los Hábitos, y a hablarles, y dárseles a conocer, y tantas lagrimas que derramaron que no se podrá explicar. Fue providencia y misericordia divina, para que nos pudiessemos despedir de nuestros queridos Padres, y oir despacio su eficacissimo testamento, y última voluntad (que por ser tal se imprimió más en los coraçones de los que presentes estávamos) que los 33 que avían de padecer de los que estavan en Nangasaqui, tardaron una hora larga más en venir al lugar del martirio; y ésta gastaron los presos de Vomura (Omura) en divinos cantos de Psalmos, y Letanías, en predicar, y despedirnos de todos, y animarles a la perseverancia en la santa Fé, amor y temor de Dios, nuestro Señor...

El P. Fr. Ioseph de san Iacinto, también de nuestra Orden de Predicadores (como eloquentissimo que era en la lengua Iapona), predicó mucho, y con gran espíritu, y devoción, y persuadió la devoción de Las Cofradías del Santo Rosario de nuestra Señora, y del dulcíssimo Nombre de Iesus...

En estos santos exercicios gastaron aquella hora, y como tuviessen sed, en particular el P. Fr. Ioseph de San Jacinto, pidió a los Christianos más cercanos que les diessen un poco de agua, y ofreciéndosela luego unas piadosas mugeres, bebieron todos, y se guarda por gran reliquia el vaso que llegó a aquellas bocas de oro, y ofreciéndoles los Christianos vino, dixo el sobredicho P. Fr. Ioseph que no tenían necesidad de vino de la tierra (los japoneses tenían entonces la costumbre de beber «sake» (vino japonés) antes de ser muertos.

Por eso, los cristianos se lo ofrecen a los Padres, pero ellos rehúsan beberlo para que los no cristianos no pensaran que su ánimo y valor en el martirio les venía como efecto producido por el vino), « pues avían de ir luego a gustar del Cielo. También les dieron los Christianos unas peras, y tomándolas los siervos de Dios, las dividieron en pedaços, y los repartieron entre los más cercanos, que los guardan como grandes reliquias»

3. EL MARTIRIO: ÚLTIMO TESTIMONIO DEL P. SALVANÉS.

Estaba todavía repartiendo los últimos trozos de las peras el P. Salvanés, cuando apareció el grupo de los treinta y tres cristianos presos de Nagasaki destinados a morir con los de Omura. Al frente de ellos venía nada menos que la más noble señora de Nagasaki, María de Tokuan, sobrina de uno de los dos gobernadores y mujer del hijo mayor, Tokuan, del anterior gobernador administrativo del Gobierno central (Murayama Toan), por quien hemos visto muy preocupado al P. Salvanés desde 1619. Todos manifestaron entonces indescriptibles señales de devoción y alegría, como ya habían mostrado por las calles desde la cárcel. Mas cuando se juntaron con sus compañeros de martirio, todo se convirtió en lágrimas y sollozos incontenibles. Los que habían hospedado en sus casas a sus Padres queridos los pudieron ver de nuevo allí, pudieron hablar con ellos, y despedirse de ellos en este mundo para acompañarles enseguida, para siempre, en el otro. Y lo mismo hicieron con todos los demás.

Terminado esto, todos los cincuenta y siete entraron como a porfía en el corral o recinto del martirio, donde había fijadas veinticinco estacas, que también llamaban columnas. En ellas ataron a veintidós prisioneros de los venidos de Omura, y en las otras tres al que hospedó al P. Salvanés, Pablo Tanaka y a otros dos de los de Nagasaki. Naturalmente el P. Salvanés estaba entre los de Omura. Le tocó la séptima estaca más cercana al mar, entre los dominicos P. Ángel Ferrer Orsucci y el P. Jacinto Orfanell.

Se acomodaron todos los de las columnas. Los verdugos se dirigieron a los condenados a ser decapitados, unos treinta y tres, que estaban ordenados junto a la entrada, de rodillas y con las manos en compostura, como quien esperaba de un momento a otro el golpe de la espada. Los treinta y tres cayeron decapitados delante de los colocados ante las estacas para así atemorizarlos más. El hecho no tuvo ningún efecto en los destinados a ser quemados vivos; al contrario, se mantuvieron valientes ante el martirio. Así se procedió al tormento del fuego de los veinticinco, entre los cuales estaba el P.Salvanés. Antes, para mortificarles más, les pusieron la leña y la paja bastante retiradas, y las ataduras ligeras para que pudieran salir fácilmente del tormento dando así pruebas de que se rendían y dejaban la fe. Cuando prendieron el fuego resultó que la paja estaba aún húmeda por la lluvia anterior, así que no prendió bien, convirtiéndose en humo sofocante. Al fin comenzó a arder. Pero aún entonces volvió a llover un poco, y con la lluvia se apagó el fuego, con lo que se prolongó el tormento. Nuevamente procuraron los verdugos prender fuego una vez que dejó de llover. Ya entonces, comenzaron a caer ahogados por el humo y el fuego los que estaban más cerca de las llamas y los que eran de complexión más flaca.

Así explica el hecho el P. Vicario Diego Collado, testigo ocular, en su Suplemento:

«fue aviendo estado más de una hora en el tormento como si fueran sus cuerpos de piedra mármol, sin hazer movimiento ninguno».